La #paz de Colombia es una fiesta

La marcha comienza temprano por la carrera séptima, que corta la ciudad de norte a sur y antes de desembocar en la Plaza de Bolívar se convierte en un paso peatonal en pleno corazón de Bogotá.

No es una mañana cualquiera. Los periódicos colgados en las esquinas tienen la misma noticia en portada. El Tiempo puso en letras capitales “La Paz”, sin fotos ni nada que distrajera la atención del acontecimiento más importante para Colombia en el último medio siglo.

El domingo la séptima era un carnaval medieval, con vendedores ambulantes e imitadores de Michael Jackson y Carlos Vives, pero solo un día después parece un campo de batalla. Los carteles a favor del para el plebiscito del próximo 2 de octubre llevan cierta ventaja en los postes y muros de los negocios, pero los volantes del Notambién pasan de mano en mano.

Al mediodía llega la avanzada que convocaron estudiantes, organizaciones sociales y algunos partidos políticos a favor del fin del conflicto. Descienden hasta la Plaza de Bolívar a ritmo de cumbia, con camisas blancas y carteles en los que se lee “Vota sí, paremos esta guerra ya”.

De espalda a la Alcaldía de Bogotá, franqueada por el Congreso y el Palacio de Justicia, fue montada una tarima con pantallas gigantes para enlazarse con Cartagena.

Los bogotanos no quieren perderse el momento en que el presidente Juan Manuel Santos y el líder de la mayor guerrilla de Colombia, Timoleón Jiménez, sellen los históricos acuerdos de La Habana.

En las baldosas negras de la Plaza hay decenas de historias contadas con crayolas y tizas. Dos jóvenes posan al lado de una de ellas en la que se lee: “Somos hijos de la guerra, pero seremos los padres de la paz”.

La batucada de la paz irrumpe con sus tambores y ritmos brasileños aplatanados con la cumbia y el vallenato. El público responde bailando. Y el Sí se convierte en una fiesta.

Comienza la transmisión y los ojos de 13 000 personas se fijan en lo que sucede a más de mil kilómetros de distancia, a orillas del Caribe. Cuando presentan a los invitados y toca el turno al General de Ejército Raúl Castro, la plaza responde con aplausos.

Hay más de una bandera de la estrella solitaria ondeando junto a las blancas de la paz y la tricolor colombiana. Se siente el agradecimiento por el papel de garante de Cuba y por los cerca de cuatro años que La Habana sirvió de sede a las conversaciones entre el gobierno de Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP).

“Este es el anhelo de mi padre y el deseo de un pueblo que se reúne ahora a presenciar un sueño”, dice Andrea Medina, de 31 años. Su cara está húmeda de tanto llorar de alegría.

Nairo Jaime, de 52 años, está acompañado por sus hijos de 10 y 12 años. “El camino de la guerra no lleva a ningún lugar, es mejor la reconciliación”, afirma este periodista que cubrió los diálogos del Caguán con el presidente Andrés Pastrana. “El país queda para mis hijos, para que cumplan sus sueños”.

Cuando Santos y Timoleón se dan la mano, después de la firma que pone fin a medio siglo de conflicto, la Plaza estalla. Alguien logró pasar las revisiones de seguridad con fuegos artificiales y uno de ellos explota dos veces sobre los edificios públicos. Las palomas vuelan asustadas y tiene que esquivar cientos de globos blancos.

Los bogotanos comienzan a corear “sí se pudo; sí se pudo”, como si en el fondo, aún en ese momento, muchos no estuvieran seguros de lo que acaba de pasar.

“Se acabó la guerra, cielo”, le explica una madre a su hija.

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